La Peste del Baile de 1518: cuando el cuerpo perdió el control
La llamada Peste del Baile de 1518 no fue una metáfora ni una exageración medieval. Fue un episodio documentado en registros municipales, crónicas médicas y testimonios contemporáneos ocurrido en Estrasburgo, entonces parte del Sacro Imperio Romano Germánico. Durante semanas, cientos de personas bailaron de forma compulsiva, sin música y sin descanso, hasta caer exhaustas, enfermar gravemente o morir. Es uno de los casos más extremos conocidos de colapso psicofisiológico colectivo.
Contexto histórico y social: Estrasburgo a comienzos del siglo XVI
En 1518, Estrasburgo era una ciudad densamente poblada, marcada por una profunda desigualdad social. La región sufría hambrunas recurrentes, malas cosechas, inflación del precio del grano y brotes constantes de enfermedades como la viruela, la sífilis y la lepra. A esto se sumaba un clima religioso opresivo, dominado por el miedo al castigo divino, los sermones apocalípticos y la creencia generalizada en santos vengativos.
La población vivía bajo un estrés crónico sostenido. La mortalidad infantil era alta, la expectativa de vida baja y el trabajo físico extremo. En ese contexto, los cuerpos estaban debilitados y las mentes sometidas a una presión constante, un caldo de cultivo ideal para fenómenos psicosociales extremos.
El escenario físico: la ciudad y las plazas de Estrasburgo

Las calles empedradas y las plazas de Estrasburgo funcionaron como escenarios naturales del brote. Los espacios públicos eran reducidos y concurridos, lo que facilitaba la observación mutua y la imitación conductual. El calor del verano de 1518, inusualmente intenso, agravó la deshidratación y el agotamiento físico de los afectados.
El inicio del brote: Frau Troffea
A mediados de julio de 1518, una mujer identificada en los registros como Frau Troffea salió a la calle y comenzó a bailar de manera incontrolable. No había música, celebración ni ritual formal. Bailó durante horas, luego días. Testigos describieron movimientos repetitivos, espasmódicos y una aparente incapacidad para detenerse, incluso cuando el cuerpo mostraba signos evidentes de colapso.
En menos de una semana, más de treinta personas se habían unido al fenómeno. No se trataba de un espectáculo: los nuevos bailarines parecían sufrir, lloraban, gritaban de dolor y suplicaban ayuda, pero seguían moviéndose.
La expansión: contagio sin patógeno
A finales de julio, el número de afectados superaba el centenar. Para agosto, las crónicas municipales hablan de hasta 400 personas bailando de forma compulsiva. No existía un patrón familiar ni alimentario claro. Hombres, mujeres y adolescentes de distintos barrios comenzaron a mostrar los mismos síntomas.
El fenómeno se propagaba por observación directa. Ver a otros bailar parecía actuar como detonante. No era una enfermedad infecciosa clásica, sino un contagio conductual amplificado por el miedo, la sugestión y la desesperación colectiva.
La respuesta médica: un error letal
Los médicos de Estrasburgo, siguiendo la teoría humoral dominante, concluyeron que el trastorno era una 'enfermedad natural' causada por un exceso de sangre caliente. Rechazaron explicaciones demoníacas o astrológicas, pero cometieron un error crítico: creyeron que la única cura era permitir que los enfermos bailaran hasta expulsar el exceso de calor.
Las autoridades construyeron escenarios de madera en las plazas, contrataron músicos profesionales y pagaron a hombres fuertes para sostener a los bailarines exhaustos. Lejos de aliviar el problema, estas medidas intensificaron el brote y aceleraron el colapso físico.
El momento crítico: muerte por agotamiento

En el punto máximo de la epidemia, los registros hablan de hasta quince muertes diarias. Las causas no eran misteriosas: infartos, accidentes cerebrovasculares, deshidratación extrema y fallos orgánicos. Los cuerpos, debilitados por el hambre y el estrés, no podían sostener días de actividad muscular continua bajo el sol.
El giro religioso: San Vito
Ante el fracaso médico, las autoridades recurrieron a la religión. Los bailarines fueron llevados al santuario de San Vito, un santo asociado desde la Edad Media con convulsiones y trastornos del movimiento. Allí se les colocaron zapatos rojos bendecidos y se realizaron rituales de oración y penitencia.
Tras este cambio de enfoque y el aislamiento de los afectados, el brote comenzó a remitir gradualmente. No de forma inmediata, pero sí sostenida, lo que sugiere que el retiro del estímulo social fue clave.
Hipótesis modernas: ergotismo vs psicosis colectiva
Durante siglos, se propuso el ergotismo como explicación: una intoxicación por el hongo Claviceps purpurea presente en el centeno, capaz de producir alucinaciones y espasmos. Sin embargo, el ergotismo suele causar convulsiones violentas, gangrena y dolor intenso, síntomas incompatibles con un baile rítmico sostenido durante semanas.
La hipótesis más aceptada hoy es la de una enfermedad psicogénica masiva. El estrés extremo, la presión religiosa, el miedo a la muerte y la imitación social habrían desencadenado un trance disociativo colectivo, donde el cuerpo expresa el colapso psicológico a través del movimiento incontrolado.
Casos similares y patrón histórico
La Peste del Baile de 1518 no fue un hecho aislado. Entre los siglos XIV y XVI se documentaron episodios similares en Alemania, los Países Bajos y Francia, conocidos como coreomanías. Todos ocurrieron en contextos de crisis extrema, lo que refuerza la interpretación psicosocial.
Impacto científico y legado
Este episodio es hoy un caso de estudio clave en psicología, sociología y medicina psicosomática. Demuestra que el cuerpo humano puede convertirse en el escenario de conflictos sociales no resueltos y que la mente colectiva puede generar síntomas reales, letales y medibles.
Conclusión: cuando la sociedad enferma, el cuerpo habla
La Peste del Baile de 1518 conecta pasado y presente al recordarnos que las crisis sociales prolongadas no desaparecen sin consecuencias. Cuando el lenguaje, la política y la religión fallan, el cuerpo se convierte en el último canal de expresión. No fue una locura medieval: fue una respuesta humana extrema a un mundo llevado más allá de su límite.
