Sesenta horas bajo el océano: cuando sobrevivir era estadísticamente imposible
El 26 de mayo de 2013, el océano Atlántico se cerró sobre un remolcador nigeriano y condenó a once hombres a una muerte inmediata. Harrison Okene, cocinero del Jascon-4, quedó atrapado a 30 metros de profundidad en completa oscuridad. Durante casi tres días, su supervivencia desafió no solo las probabilidades humanas, sino también los límites conocidos de la fisiología bajo presión.
Contexto técnico: un naufragio industrial en aguas profundas
El Jascon-4 era un remolcador de suministro utilizado para operaciones petroleras frente a las costas de Nigeria. El 26 de mayo, una combinación de fuerte oleaje y maniobras incorrectas provocó que el barco volcara repentinamente, hundiéndose en cuestión de minutos. A diferencia de un hundimiento progresivo, el vuelco dejó a la tripulación sin margen de escape.
A 30 metros de profundidad, la presión ambiental supera las 4 atmósferas. Cualquier ser humano atrapado en estas condiciones enfrenta riesgos inmediatos: hipotermia, intoxicación por CO₂, hipoxia, y desorientación total debido a la oscuridad absoluta.
El escenario físico: una burbuja de aire en un barco muerto
Mientras el agua inundaba el remolcador, Okene logró desplazarse a una pequeña cabina de herramientas. Allí, el aire atrapado formó una burbuja de aproximadamente 1.2 metros de altura. El resto del compartimento estaba completamente sumergido en agua salada, fría y oscura.

Desarrollo cronológico: tres días suspendido entre la vida y la asfixia
Durante las primeras horas, Okene permaneció inmóvil, consciente de que cualquier movimiento innecesario aceleraría el consumo de oxígeno. El frío del agua, cercana a los 15 °C, comenzó a extraer calor corporal de forma constante. Vestido solo con ropa interior, el riesgo de hipotermia era extremo.
Con el paso del tiempo, el principal enemigo no fue la falta de oxígeno, sino la acumulación de dióxido de carbono. A medida que respiraba, el CO₂ aumentaba, provocando somnolencia, confusión y pérdida progresiva de la noción del tiempo. Para mantenerse consciente, Okene cantaba, rezaba y golpeaba ocasionalmente el metal del barco.
Momento crítico: el instante en que apareció una mano
Casi 60 horas después del naufragio, un equipo de buzos de la empresa DCN Diving descendió para recuperar cuerpos. El buzo sudafricano Nico van Heerden avanzaba entre restos cuando una mano emergió de la oscuridad y se aferró a su brazo.
Convencido de estar viendo un reflejo nervioso de un cadáver, el buzo retrocedió aterrorizado. Solo cuando Okene movió la mano nuevamente quedó claro lo impensable: había un hombre vivo dentro del barco hundido.

Consecuencias inmediatas: la trampa invisible de la descompresión
Rescatar a Okene no significaba sacarlo a la superficie. Tras casi tres días a 30 metros de profundidad, su sangre y tejidos estaban saturados de nitrógeno. Un ascenso rápido habría provocado una embolia gaseosa letal, conocida como enfermedad por descompresión.
Los buzos le colocaron un casco de buceo y lo trasladaron a una campana hiperbárica. Allí permaneció más de 60 horas adicionales, mientras la presión se reducía gradualmente para permitir que el nitrógeno se liberara sin causar daño.
Impacto médico y científico
El caso de Harrison Okene se convirtió en un estudio clave en medicina subacuática. Demostró que una burbuja de aire puede actuar como un sistema parcial de absorción de CO₂, disolviendo parte del gas en el agua circundante y retrasando la asfixia.
También evidenció cómo el cuerpo humano puede entrar en un estado metabólico reducido bajo condiciones extremas, prolongando la supervivencia más allá de lo considerado posible.
Conclusión: sobrevivir no es solo resistir, es adaptarse
Harrison Okene no sobrevivió por fuerza física ni por suerte pura, sino por una combinación de decisiones instintivas, condiciones físicas improbables y una adaptación extrema al entorno. Su historia redefine lo que entendemos por límites humanos.
En una era dominada por tecnología avanzada, su caso recuerda que, incluso bajo toneladas de agua y acero, la vida puede persistir cuando encuentra el más mínimo espacio para hacerlo.
