El Maratón Olímpico de 1904: cuando correr fue un experimento humano
El maratón de los Juegos Olímpicos de San Luis 1904 no fue simplemente una carrera mal organizada: fue un experimento humano llevado a cabo sin ética, sin protocolos médicos y con una comprensión rudimentaria del cuerpo humano. En una época donde el olimpismo aún buscaba legitimarse, esta prueba se convirtió en el episodio más extremo y documentado del deporte moderno temprano.
Contexto histórico: unos Juegos improvisados en la Feria Mundial
Los Juegos Olímpicos de 1904 se celebraron en San Luis, Misuri, como un evento secundario de la Exposición Universal. La distancia oficial del maratón aún no estaba estandarizada (se corrieron 40 km, no 42,195), y la organización quedó en manos de James E. Sullivan, dirigente de la Amateur Athletic Union. Sullivan estaba obsesionado con probar teorías pseudocientíficas sobre la resistencia, incluyendo la idea de que la deshidratación mejoraba el rendimiento físico.

El recorrido atravesaba caminos de tierra abiertos al tráfico, con colinas, polvo constante y temperaturas cercanas a los 32 °C. Solo existían dos puntos oficiales de agua en todo el trayecto, no por negligencia, sino por decisión deliberada: los organizadores querían observar los efectos fisiológicos de la deshidratación extrema.
El escenario físico: calor, polvo y colapso respiratorio
Automóviles de jueces y entrenadores seguían a los corredores levantando densas nubes de polvo. Los atletas inhalaban partículas durante horas, provocando irritación pulmonar, mareos y colapsos. La humedad, combinada con el calor y la falta de agua, convirtió la carrera en una prueba de supervivencia más que de resistencia atlética.
Desarrollo cronológico: una sucesión de episodios absurdos
Fred Lorz fue el primero en llegar al estadio. Exhausto tras sufrir calambres alrededor del kilómetro 14, había recorrido aproximadamente 17 km en el coche de su entrenador. Bajó antes de la meta y cruzó trotando. Fue celebrado como ganador hasta que la verdad salió a la luz. Aunque alegó que era una broma, fue descalificado inmediatamente.
Andarín Carvajal, cartero cubano que había perdido su dinero en Nueva Orleans, llegó a la línea de salida sin preparación formal. Corrió con pantalones largos cortados con tijeras y zapatos de calle. Durante el trayecto se detuvo a comer manzanas verdes y parcialmente podridas de un huerto, lo que le causó fuertes calambres e intoxicación. Se tumbó a dormir unos minutos. Aun así, terminó cuarto.
Len Taunyane y Jan Mashiani, corredores sudafricanos y primeros africanos negros en competir en unos Juegos Olímpicos, se desviaron del recorrido oficial tras ser perseguidos por perros salvajes. Perdieron tiempo, pero lograron completar la prueba en un contexto hostil tanto físico como racial.
Momento crítico: Thomas Hicks y el dopaje antes del dopaje

Thomas Hicks, atleta estadounidense, lideraba en los tramos finales completamente deshidratado. Incapaz de caminar, sus entrenadores decidieron administrarle una mezcla de estricnina —un potente veneno para ratas usado entonces como estimulante— con clara de huevo y brandy. Recibió al menos dos dosis durante la carrera.
Hicks comenzó a sufrir alucinaciones, rigidez muscular y pérdida de coordinación. En los últimos kilómetros fue sostenido físicamente por sus asistentes para evitar que cayera. Cruzó la meta con ayuda externa, perdió cerca de cuatro kilos de peso corporal y colapsó inmediatamente después.
Consecuencias inmediatas: sobrevivir fue la victoria real
Hicks necesitó atención médica urgente para evitar un paro cardíaco. De los 32 corredores que iniciaron la prueba, solo 14 lograron terminarla. No existían reglas claras sobre dopaje, asistencia externa ni hidratación, lo que permitió que la carrera fuera validada oficialmente pese a su brutalidad.
Impacto cultural y científico: el límite que no debía cruzarse
El maratón de 1904 se convirtió en un caso de estudio negativo dentro del olimpismo. Mostró los peligros de aplicar teorías pseudocientíficas sin controles éticos. A partir de estas experiencias, el atletismo comenzó a regular el uso de sustancias, garantizar puntos de hidratación y establecer supervisión médica básica.
También evidenció las desigualdades raciales y logísticas de la época, donde atletas no estadounidenses competían sin apoyo, información ni protección. El evento quedó como un recordatorio de que el progreso deportivo no puede desligarse de la ciencia responsable.
Conclusión adulta: cuando el pasado explica las reglas del presente
El Maratón Olímpico de 1904 no fue una hazaña deportiva, sino una advertencia histórica. Cada norma moderna sobre hidratación, dopaje y asistencia médica nace de fracasos como este. Hoy, cuando el alto rendimiento se apoya en la ciencia, este episodio recuerda que el cuerpo humano no es un laboratorio sin límites y que el deporte solo avanza cuando la ética corre a la par del progreso.
